Mi trabajo en periodismo y en consultoría me permite hacer continuamente entrevistas. Es para mí la reina de los géneros periodísticos tanto actuales como tradicionales. La entrevista (quizá también la de trabajo, aunque esa es otra historia) es una convesación. En ella, el espectador, lector, oyente se sienta a disfrutar el diálogo entre alguien que le interesa, el entrevistado, y ese entrevistador que se convierte en la voz del lector, del espectador. Sus preguntas quizá nunca hayan estado en la cabeza de quien lee o escucha la entrevista. Y precisamente por eso elevan la condición del receptor, de mero cotilla asomado a una conversación ajena, a mente inquieta que todo lo quiere saber. Que busca ir más allá de lo obvio y descubrir al personaje. Conocer sus obras y hallazgos públicos y/o sus secretos y preocupaciones privados.

La entrevista periodística es la más conocida, aunque este género es una valiosísima herramienta en consultoría de comunicación. Para hacer nuevas alianzas y relaciones. En asuntos públicos, para conciliar puntos de vista distintos con intereses opuestos. Para crear argumentarios, dosieres informativos, notas de prensa, posts en blogs corporativos, informes. No dudaría en afirmar que la entrevista es para mí la herramienta número uno de mi trabajo, tanto como periodista como consultora.

El cuaderno de entrevistas de un periodista es un escenario como el que relata Larra en su artículo “El mundo todo es máscaras. Todo el año es carnaval”. En él, Larra hace recuento de los personajes con los que se cruza en un Madrid permanentemente disfrazado. Actores y actrices, políticos y políticas, cantantes, periodistas, científicos y científicas, poetas, militares, docentes, imputados e imputadas, jueces, víctimas, héroes, villanos. A todos nos acercamos por su disfraz, por su mérito, por su destreza o su desgracia.

Pero la entrevista es desnudar eso, con suavidad, con la palabra, llegando a través de los círculos concéntricos de la documentación, la investigación. Incluso de las personas de su alrededor, sus familiares, amigos, colegas. Hasta llegar al que es el protagonista de nuestra historia, el entrevistado, la entrevistada, y saber quién es realmente. Sacar a preguntas su saber, su ignorancia, preguntar incluso hasta darle ideas nuevas o hacerle pensar en aquello en lo que nunca había caído. Hacerle caer, sí. Caer en el ominoso silencio de la ignorancia o la culpa. O caer en la cuenta de que el lector o el oyente tiene otras curiosidades de las que somos portadores. Pocos momentos de felicidad profesional son comparables a la chispa de sorpresa en un entrevistado cuando una pregunta le sorprende. Y le hace pensar.

Ese es el gran privilegio. Hacer pensar a quien tienes delante, y que está frente a ti porque en algún aspecto es sobresaliente. Crear con esa persona a fuerza de preguntas y respuestas es una experiencia incomparable. Al fin y al cabo, quizá en esencia sólo seamos la conversación que somos capaces de mantener.

 

 

Teresa Amor

Teresa Amor

Consultora senior / Social media / Agencia comma

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