Hace un par de semanas volví a la uni. Concretamente a ‘mi’ uni, a la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. Un grupo de estudiantes estaba preparando una tertulia radiofónica sobre mujeres en el periodismo y cuando me contactaron para participar y me comentaron el tema, no lo dudé.

Esa tarde nos juntamos Ana Perona, Directora de comunicación España y América Latina en Santander Asset Management; Marta Fernández, presentadora de Noticias Cuatro y servidora. Y resultó que, salvando las distancias, nuestras experiencias como mujeres periodistas han sido muy similares.

Empezando por el principio, ninguna nos topamos en su día con trabas por una razón de sexo a la hora de acceder a la profesión. De hecho, “en las redacciones, el grueso de la fuerza laboral son mujeres”, como comentaba Marta al hilo de una de las cuestiones de los estudiantes. Las mujeres hemos ido ganando terreno y si bien antes era ‘extraño’ encontrar, por ejemplo, periodistas deportivas, hoy por hoy encontramos mujeres ejerciendo la profesión en todos los ámbitos.

También hablamos del trato, tanto de nuestros compañeros como de nuestros superiores. Lo cierto es que, en general, puede decirse que hemos sido ‘chicas con suerte’: ninguna de las tres hemos vivido una situación de acoso ni presión por el hecho de ser mujer en el trabajo. Sin embargo, aquí me desmarqué un poco de ellas: yo sí he escuchado en alguna ocasión comentarios o bromas fuera de tono.

Desde que me pasé a la comunicación, compañeras periodistas que están a este lado  también me han comentado casos de clientes que no quieren hablar de determinados temas con mujeres. O concursos de agencia en los que perjudica ir con un equipo eminentemente femenino.

Además, al hilo del trato diferente que podemos recibir en ocasiones por ser mujeres, comenté que una vez, en una entrevista de trabajo, se me preguntó por mis planes de maternidad futura. Mis compañeras de tertulia parecieron sorprendidas e indignadas ante esta pequeña confesión personal, pero me consta que mi caso no es, ni mucho menos, aislado. En mi entorno a muchas compañeras se les ha formulado la misma cuestión, ya sea directa o indirectamente. Incluso una vez una head hunter muy reputada confesó en unas conferencias a las que asistí que ese tipo de pregunta es condición sine qua non para muchos empresarios que se encuentran con mujeres en edad fértil en los procesos de selección de candidatos.

En lo que sí hubo consenso es en destacar dos realidades incómodas a las que nos enfrentamos como mujeres. La primera que hoy por hoy somos minoría absoluta en las cúpulas de los grandes medios de comunicación. Un asunto, que, en realidad, es fiel reflejo de la empresa española. Para muestra, un botón: sólo el 20% de los consejeros de las grandes compañías cotizadas en el Ibex 35 son mujeres. Cierto es que en 2015 hubo un repunte en este sentido, pero la cifra está por debajo aún de la media europea y del 30% que recomienda la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Es decir, que en mandos intermedios sí hay más oportunidades, pero en puestos de responsabilidad existe aún un largo camino hacia la paridad.

El segundo punto clave es el salario. No es difícil constatar que, en general, muchas mujeres cobran menos que compañeros hombres. Desde Wellcomm en su día hicimos varias ediciones de Informe Wellcomm de Salarios de la Comunicación que abordaban esta problemática. En la última, realizada en 2013 entre 454 profesionales del periodismo, una de las conclusiones principales fue que de media los hombres cobran unos 6.700 euros más que las mujeres  y que las mayores diferencias en el salario medio de ambos se observan entre los profesionales con más de 8 años de experiencia, aunque con más de 15 se igualan. Y seguimientos posteriores nos han mostrado que no ha habido grandes cambios en este sentido.

Con este panorama, ¿qué ueden hacer las mujeres periodistas que se encuentren cara a cara con la desigualdad? Las respuestas son bastante universales: seguir haciendo su trabajo lo mejor que sepan. Y también, y muy importante, no entrar en el juego de las bromas pesadas o sexistas hacia otras compañeras. No nos hagamos la guerra sucia entre nosotras. Si algún día aspiramos a que la sociedad deje de hablar de hombres y mujeres para hablar sencillamente de individuos o trabajadores, el primer paso tiene que ser nuestro.

 

Agencia comma

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