Una de las pocas cosas buenas que ha tenido una situación tan trágica como la actual pandemia de coronavirus ha sido poder seguir en vivo algo que habitualmente no se ve en los medios: la ciencia en vivo, el trabajo de la investigación científica.

Me refiero sobre todo a la carrera por la vacuna y el tratamiento contra la COVID-19. Con más de 100 iniciativas para descubrir una vacuna viable, el seguimiento de las investigaciones y pruebas (in vitro, en animales, en humanos) casi hubiera necesitado un formato de tablero deportivo. Minuto y resultado. En vez de escuchar “gol en el Sadar” o “salta la sorpresa en el Calderón”, habríamos podido seguir este carrusel científico en apasionante directo con un trepidante “pitan falta a Moderna”, “atención, el árbitro pita penalti a la hidroxicloroquina, piden VAR” o “se adelanta Oxford en el marcador”.

Necesitados de esperanza

En estas aciagas semanas, hemos necesitado esperanza y esta ha venido en forma de aplausos, pero también de noticias sobre curaciones, remedios y vacunas. Lamentablemente, también bulos, pero los medios han sido fundamentales para que las fake news tuvieran, como todas las mentiras, las patas muy cortas.

Las noticias científicas que hemos venido escuchando se han dividido en dos tipos: las que procedían de la academia, investigaciones universitarias que hacían descubrimientos prometedores, pero sin posibilidad de aplicación inmediata; y las que procedían de empresas que, tras años de investigación, tenían una solución real y concreta para nuestras necesidades actuales, muy reales, urgentes y concretas también.

La mala reputación de la investigación científica

Por la experiencia que tenemos en Agencia comma en comunicación del sector farmacéutico y biotecnológico, sabemos dos cosas. La reputación de estos sectores tiene mucho margen de mejora. Muchos están convencidos de que la maldad y la codicia anidan en los consejos de administración de ciertas compañías. Frente a la academia, a la que se le presupone la inocencia, las empresas de este sector se representan no pocas veces como buitres capaces de comerciar de forma salvaje con nuestra salud y nuestra vida. Sin dudar de que así sea en ocasiones, también he conocido compañías que se afanan durante décadas en desarrollar soluciones novedosas y brillantes que nos van a venir muy bien.

Hace pocos días, el director científico de una de estas compañías me dijo que no entendía cómo los periodistas hacían más alharacas a una investigación en fases tan tempranas que será imposible determinar su utilidad en menos de dos años, que a las compañías que ya tenían tecnología real e innovadora capaz de poner en el mercado una vacuna contra la COVID-19 en pocas semanas una vez se autorizara su distribución. Le expliqué que los periodistas, a veces, ven a las compañías como “vendemotos” mientras que la universidad, los institutos de investigación y los hospitales vienen revestidos de la sacerdotal muceta del traje académico, como vírgenes vestales custodias de la llama del saber que vienen a alumbrar gratis al mundo con su sabiduría.

Visto así, a un periodista le cuesta menos hablar de científicos mal pagados que descubren un mecanismo de no sé qué célula que quizá dentro de 20 años cure el cáncer, que contar que una empresa privada tiene una solución aplicable mañana por la mañana, de probada eficacia y con dos décadas de investigación detrás. Resumiendo, mucho, cuando los descubrimientos dejan el laboratorio para ir a la fábrica, dejan de ser atractivos para los periodistas.

investigación científica

Decepción

Nadie cuestiona que las investigaciones llevadas a cabo por las compañías tienen objetivos de negocio. Pero sí me gustaría reflexionar sobre si los medios ofrecen una visión realista de los avances científicos. Evitan contar qué están haciendo las compañías con vacunas y terapias en fases avanzadas de desarrollo, con capacidad real para ser un remedio en poco tiempo, mientras se esfuerzan en comprender y adaptar al lenguaje común complejísimos avances científicos aún sin aplicación práctica. Esto suele llevar a simplificaciones que cabrean al científico, y a unas expectativas que no se cumplen y que acaban decepcionando a los enfermos, a sus familias y al final, a toda la sociedad, que nunca ve materializados los esfuerzos investigadores.

A veces me pregunto si parte del desinterés por la ciencia en nuestro país no viene alimentada por este fenómeno.




 

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Teresa Amor

Teresa Amor

Consultora senior / Social media / Agencia comma

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