Aviso: todo el mundo a la huelga de comunicación

Silvia Albert

No había leído este artículo de Canela titulado ¿Y si los profesionales de las relaciones públicas se declarasen en huelga?, pero coincide que esta mañana, en el espacio meditativo que me conceden los 30km que me separan de mi oficina, me venía planteando algo parecido. Pensaba en qué ocurriría si los profesionales de comunicación, ya sea de dentro de las organizaciones como de consultoras de comunicación, decidiéramos pararnos.

Lo primero que me viene a la cabeza es cómo se explicaría en un telediario esta huelga. ¿Cómo contar que paran de hacer lo que hacen, gente que no se sabe qué es lo que hacen? Sería divertido.

Luego he intentado hacer un breve recorrido por nuestras tareas. Si fuera fiel a la cadena del proceso, posiblemente, los primeros afectados serían las plataformas de servicios de inteligencia de medios (empresas de clipping), que verían su servicio interrumpido de forma tajante. Nadie entraría en sus archivos ni extraería dato alguno. La información quedaría ahí, en sus archivos, parada.

Si nadie recibe la información extraída por las empresas de clippings, ni las prepara de forma que cumpla los requisitos informativos de los usuarios, estos quedarían sin esa información que consideran necesaria para el desarrollo de sus tareas. Aquellas personas que quisieran más información que la que tienen de forma fácil a su alcance, deberían acudir a todos y cada uno de los medios y entresacar de toda la información que hay, aquella que le resulte interesante, no solo de su propia compañía, sino de la actividad de esta en conexión con la actualidad.  Todo ello a mano y sin herramientas tecnológicas que facilitan este proceso. La exigencia de horas de dedicación sería infinita. Muchos obviarían hacerlo. Por lo tanto, el cliente final estaría relativamente informado.

Al mismo tiempo, los periodistas se encontrarían con los correos electrónicos vacíos (algo que estoy segura celebrarían con regocijo durante los primeros días) y sus teléfonos dejarían de sonar, algo que les produciría mucha calma. ¿Probamos? Podrían, entonces, centrarse en hablar con sus fuentes (la mayoría de ellas, relacionadas con departamentos de comunicación de las compañías y con consultoras, hasta entonces facilitadoras de contenidos) Pero, en esta ocasión, no va a ser posible. No habrá nadie al otro lado. Numerosos periodistas sin contenidos que llevarse a la boca.

Por supuesto que muchos periodistas tienen acceso directo a fuentes primigenias, pero deben conseguir el tiempo y la dedicación de estas, lo que no siempre es posible. ¿Cuánto tiempo necesitarían para lograr un contenido publicable? ¿Podrían los medios tener periodistas trabajando en una información varios días?

Nuestra huelga propuesta afectaría también a las propias fuentes. Parte de su tiempo deberán dedicarla a atender las necesidades de los medios, ofreciéndoles información, datos, análisis… Meter en su agenda la gestión de la relación con los periodistas. Y a ello, preparar con tiempo suficiente lo que quiere contar, lo que puede contar (sobre todo en mercados regulados) y cómo contarlo. Vamos, lo que viene siendo tener bien hechas las tareas de un/a buen/a portavoz y de lo que también se ocupan los equipos de comunicación (ya sean internos o externos) ¿Os imagináis cómo sería el panorama en las empresas?

Es posible que, entonces, los medios contarían con una menor cantidad de información, ya que no habrá habido la colaboración de un ejército no remunerado de creadores de contenidos, enfoques, facilitación de informes, documentación y contactos de diferentes portavoces sobre diferentes temas que, a lo mejor, en el día a día los/las periodistas no tienen tiempo para pensar.

Si en esta huelga estuvieran también implicados los creadores, diseñadores, publicistas, etc. el problema se agravaría afectando a la cuenta de resultados de los medios, ya que no tendría campañas de publicidad con las que hacer frente a sus gastos. Tampoco podrían centrarse únicamente en la organización de eventos, ese maná que está transformando el modelo de negocio de los medios, porque no habría consultoras que los organizaran, ni redactores que escribieran los guiones ni los discursos, ni catering, azafatas, audiovisuales -entre otros muchos otros profesionales implicados- porque nadie se ocuparía de diseñar el evento y de llevarlo a cabo. Cuenta de resultados de los medios, tocada.

Las empresas, por su parte, perderían parte de su voz, porque no habría nadie que se ocupara de vigilar cómo se sienten y que necesitan los públicos objetivo de la organización, especialmente los públicos internos; tampoco sabrían aterrizar su propósito, ni cómo vigilar el cumplimiento de sus compromisos alineados con sus misión y visión. No podrían escuchar de qué están hablando sus targets, ni lo que se habla sobre ellos. No podrían participar de esa conversación a pesar de tener tanta experiencia o más de la que tienen muchos otros.

Los grupos editoriales no tendrían tampoco embajadores de marca. Los que nos dedicamos a la comunicación dejaríamos de recomendar la lectura de artículos -en los que hayamos colaborado o no- porque nos penalizan esta maravillosa tarea de amplificar un trabajo conjunto. Es como si cada vez que recomendaras un libro, una película o una canción te dieran una colleja en forma de impuesto económico. Nuestras cabezas explotarían.

Podría seguir. Seguro que, si profundizo un poco, podría llegar a muchos más impactos. No sé hasta qué punto esto es una distopía o podría llegar a producirse. Lo que sí tengo muy claro es que para que esto sucediera tendríamos que empoderarnos, tener muy clara nuestra función, ponerla en valor, ser valientes y, lo más importante, unir fuerzas.

De momento, ya somos dos. ¿Te unes?

*Imagen creada por IA en la plataforma Dall-E 2

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