Mientras leo condenatorias sentencias de muerte al periodismo -ya no solo de papel- y al mismo tiempo buceo en rompedoras experiencias que pretenden engullir a un auditorio mutante tan protagonista como hasta ahora lo era el creador profesional de contenidos, me debato entre si me gusta lo que estoy viviendo o preferiría recuperar la añorada vocación que me llevó, primero, a ser periodista, y, segundo, a asesorar en comunicación.

Entonces y ahora todos, o casi todos, tienen cierta tendencia a mirarme mal. Los unos, por mi pasado escribiente; los otros, por mi presente empresarial.

Hoy, 30 de diciembre de 2014, con 52 años a mis espaldas doloridas, con experiencias vitales que me hubiera gustado no vivir y con experiencias vividas que me gustaría repetir, recapacito sobre si lo que vemos es real o solo es fruto del sombrero que visto mientras percibo una de esas realidades.

Ha sido un año duro, muy duro (¡y van 7 años de crisis!) Hemos perdido un cliente al que vimos nacer y amamantamos. Otro nos fue robado con golpes de pecho y alabanzas al señor, que quita mucho cargo de conciencia. La sinvergonzonería es lo que tiene. Hemos sido, y vamos a ser, madres y padres de rollizos bebes sanos y libres. Nuestra capacidad de aprendizaje no tiene límites. Aprendes o mueres. Nuevos profesionales se aventuran en nuestro barco y nuevas empresas y empresarios buscan ese aire diferente de los que pensamos que somos equipo, un gran equipo, y no proveedores de papel para fotocopias.

No creo que sea un momento de lamentaciones por el hecho periodístico perdido. La sociedad ya no es lo que era. El periodismo debe cambiar con ella. Posiblemente nos toquen momentos de mediocridad autocomplaciente en la que tanto emisores como receptores convivan con detritus, rosas e indiferencia. Debemos dejar de lamentarnos de la ilustración periodística que fue porque ésta también arrojó monstruos que mal que bien siguen alimentándose de los fondos de reptiles que grandes corporaciones y partidos políticos mantienen mientras vociferan loas a su pseuda responsabilidad corporativa.

Es lo que hay. El tiempo lo cura todo y también lo depura. Entonces fue el periodismo el que nos ayudó en el parto de una democracia imprescindible; un periodismo reivindicativo, duro, exigente… Pero, no nos engañemos, “poderoso caballero es don dinero” y de lo que fue queda poco más que muertos vivientes agarrados a las sobras que arrojan sus señoritos más preocupados de su hedge fund y de sus egos que de la transparencia.

El modelo yace en coma con respiración asistida mientras el espíritu más realista y combativo, ese por el que muchos empezamos en esto de lo noticiable, se está imponiendo por la fuerza de la imaginación, la tecnología, la creatividad, la verdad (las verdades) y el esfuerzo. Démosles tiempo.

Y no seamos tan ñoños con lo que fue y ya no es porque si de Relaciones Públicas han de vivir periodistas será porque hay mucho que aportar y que enseñar al distanciado empresario,  directivo, político… que de esto de comunicar sabe poco y mal, (aunque se crean todo lo contrario)

Ha sido un año duro pero muy divertido, activo, retador…; seguimos la senda del crecimiento, el nuestro, no el que dicen por ahí los que no están en el tajo; con mucho esfuerzo, sí, pero, sobre todo, con mucha profesionalidad. Nosotros también debemos adaptarnos. Estamos seguros de que no podemos quedarnos al margen de una sociedad cada vez más comprometida y activa, de la que formamos parte nos guste o no. Para  nosotros es una suma, nunca una resta. Pero para ello debemos tener la mente muy abierta, los oídos atentos y el lápiz presto. Porque de escribir (a mano o a máquina) va esto. Contadores de historias a un lado, al otro, o a ambos.

Feliz 2015, amigos, compañeros, familia. ¡Feliz comunicación!

Silvia Albert

Silvia Albert

Directora general / Agencia comma

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