Nada que decir

Imagen de Gonzalo Laburu

Ya no se puede ir al mercado a comprar tomates. Ya no puedo bajarme en paz al Merkatua de Zarautz a comprarle tomates a la baserritarra de turno. Antes bajabas, comprabas y volvías. Punto. Ahora no, ahora es un acto revolucionario antifascista que reivindica la compra del producto kilómetro 0, fomenta la sostenibilidad, defiende el producto nacional, salva gatitos y te acerca a transformarte en un ser de luz. Y esto pasa porque lo del antropocentrismo se nos ha ido de las manos, lo hemos atomizado y ahora el centro del mundo no somos los seres humanos, sino que SOY YO. Buscamos ser relevantes y trascender en cada mínima cosa que hacemos cuando, nada más lejos de la realidad, creo deberíamos volver a esa percepción del individuo en la que todo el mundo era nadie.

Para ilustrar que a veces está bien no decir nada y no ser alguien voy a poner dos ejemplos de artistas de renombre que aceptaron que no era estrictamente necesario trascender siempre.

El primero, del más grande de los bardos que ha dado el Gran Bilbau: Adolfo Cabrales ‘Fito’. Entre su extensa discografía con referencias a sirenas que sólo se fijan en las carteras y a casas que se construyen desde el tejado me quedo para este caso con ‘No tengo nada que decir’. Me imagino que en algún viaje psicodélico en los que se embarcaba, un día llegó a un puerto en el que no había nada. Y después de tanto decir se dio cuenta de que, por fin, no tenía nada que decir. Así que hizo una canción. Y no quiero que os penséis que os quiero transmitir que ‘mirad, Fito ¡qué bueno!, sin decir nada dice  todo porque es muy profundo, porque hasta en la nada encuentra de todo…’. No, no. Pijadas. No tenía nada que decir y ahí se quedó. No siempre tenemos que contar algo. A veces podemos estar tranquilitos sin más, diciendo nada.

Otro que hizo algo similar fue Kazimir Malevich en su obra ‘Blanco sobre blanco’. Que si no lo han adivinado es un cuadro blanco pintado sobre otro blanco de otra tonalidad. Lo que buscaba con esta obra era eliminar todos los aspectos abstractos de la pintura y reducirlo a lo más básico para que el arte fuera un fin en sí mismo, sin buscar que representara algo. Y volvemos a lo mismo: el arte no necesita ser siempre trascendental. No tiene por qué llevarnos a un plano superior de la conciencia humana que nos haga levitar y recitar poemas en arameo con los ojos en blanco. El arte puede ser bonito por sí mismo y punto. Esto me recuerda a alguna conversación que tuve con un amigo mío arquitecto a mis ojos, pero no a los del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, en la que vehementemente, característica común de nuestras conversaciones, se quejaba de la manía ésta de que el arte siempre tuviera que tener un mensaje, que tuviera que representar conflictos de la esencia humana que nos ponían de frente a las contradicciones del ego. Que a ver por qué el arte no podía ser bonito y ya. Sin perderse en derroteros o  por los cerros de Úbeda.

Así que si tuviera que ser coherente con lo que digo en esta diatriba la acabaría aquí, con afán de que esto no sirva para nada más sino para que hayáis echado un buen rato. Pero como nunca he entendido la obsesión ésta de ser coherente, me echo en los brazos de la hipocresía a contaros por qué creo que no hace falta trascender con todo lo que hacemos y  que debemos aceptar la irrelevancia inherente al individuo. No nos hacen falta grandes grandilocuencias para transitar por el mundo impresionando a gente a la que seguramente ni les importamos. Con irnos a la cama todas las noches tranquilitos es más que suficiente. Porque cuando asumes la irrelevancia como compañera de viaje entiendes que no hace falta nada más de lo que necesitamos, que lo demás son ornamentos y filigranas que nos llevan a ser personas que seguramente no aspiremos a ser. Sólo así es que podremos llegar a entender el placer de hablar de nada antes de hacernos viejos, que decían Valeria Castro y Viva Suecia, trascendiendo y siendo relevantes sólo para aquellas personas para las que realmente somos importantes.

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