Todos los años, cuando llega el momento de hacer balance del semestre y dejarnos espacio mental para recuperarnos durante el verano, intentamos no caer en lugares comunes, pero sobre todo, aportar algo. Sabéis que somos de poco ruido y de más nueces. Son más saludables y caras.
Si algo puedo decir de estos meses que dejamos atrás es que nunca he sentido que fuera tan fácil comunicar (con cierta pena por la prostitución del término), pero nunca ha sido tan difícil hacerlo bien. La peste de la mediocridad es aterradora.
Tal vez tengamos justificación (injustificada). Los acontecimientos geopolíticos y la polarización social atontada por ideologías nutridas de inconsistencias, parecen ampararnos. La cantidad y la rapidez, impulsadas por una IA sobreexplotada, han dejado de ser una ventaja competitiva. Cualquiera puede usarla; cualquiera puede parlotear. La condición distintiva es ahora el criterio, por lo que ser solo ejecutores desvirtúa el poder de la consultoría de calidad, coherente y oportuna. Muchas organizaciones y marcas deberían preguntarse si sus presupuestos están comprando manos (cada vez más tecnológicas) o cabezas capaces de aportar criterio, entendiendo por criterio cuándo comunicar, cuándo esperar, quién debe hacerlo, qué riesgos asumir y qué consecuencias tendrá cada decisión. Más ruido o más aportación. No es una decisión fácil. Es una decisión muy inteligente.
Por lo tanto, ahora más que nunca ha quedado patente que no se trata tanto de comunicar mucho o poco sino de contar con talento, estrategia, transparencia y consistencia antes de comunicar a ciegas.
En medio de tanta velocidad parece que hemos olvidado lo que los medios de comunicación, aliados estratégicos de cualquier iniciativa, necesitan ahora más que nunca: rigor. Los buenos periodistas continúan valorando la información contrastada, el contexto y el acceso a fuentes solventes. A veces, el propio ritmo corporativo lo posterga y lo reduce a mero anecdotario, algo que afectará mucho a la reputación y que costará recuperar como los montes arrasados por los incendios que nos asolan.
Y aquí es donde comienzan a perfilarse las diferencias. Los movimientos que empiezan a producirse dentro de la profesión -la nueva junta de Dircom, la patronalización de ADC y su incorporación a la CEOE- dejan vislumbrar cierto optimismo. También lo hace la voluntad de trabajo conjunto que ambas organizaciones han manifestado.
Esta es solo una ventana. En manos de los profesionales, asociados o no, está la transformación necesaria y urgente de nuestra actividad. No va solo de cambiar la denominación sino de seguir afianzando nuestra autoridad, demostrando que la gestión profesional y adecuada de la comunicación y de los asuntos corporativos incide directamente en la cuenta de resultados. Voz y negocio siempre de la mano.
Quizá el mejor balance que podemos hacer de estos seis meses es que seguimos creyendo en lo mismo con lo que empezamos hace casi tres décadas: la comunicación no va de ocupar espacios sino de ayudar a tomar mejores decisiones.
Ahora sí, toca aplicar la regla de las tres D: descansar, desconectar y disfrutar, sin perder de vista que nuestro papel, si queremos, va a seguir siendo esencial. Pero hace falta querer. Aprovecha para concentrarte en ello. ¡Felices vacaciones!



