En tiempos de #COVIDNavidad, en los que la pandemia inunda de contenidos nuestra rutina a la velocidad de la luz, es casi tan importante ‘lo que se dice’ como el ‘cómo’. Ética y estética. Los profesionales del Periodismo y la Comunicación corporativa e institucional debemos demostrar, minuto a minuto, nuestra responsabilidad. Los buenos comunicadores evitan que los ciudadanos caigan a un pantano oscuro, donde las fake news y los ‘anzuelos clickbait’ nadan, a sus anchas, como pirañas.

En esta época de nueva normalidad -que de ‘normalidad’ tiene poca- debemos exigir a los medios y también a los comunicadores (portavoces de empresas públicas, privadas, Gobiernos e instituciones) el máximo compromiso con la veracidad, la oportunidad y los efectos de los contenidos que trasladan a la opinión pública. Y más aún cuando se trata de informaciones que afectan directamente a la salud o a la vida cotidiana de los ciudadanos, hastiados de los efectos de la crisis sanitaria. ¿Os acordáis de cuando Trump anunció que se automedicaba con hidroxicloroquina para prevenir la COVID?

Me refiero -tal y como refleja esta bravuconada de Trump y otras polémicas del ‘mundo pandémico’- a calibrar bien los mensajes y sus posibles efectos en la opinión pública: las expectativas de las vacunas (para lo bueno y para lo malo); dimensionar, adecuadamente, los brotes en determinados sectores de actividad (sin ‘criminalizar’ a nadie); o los efectos que tendrán determinadas medidas legislativas… Abordar, de forma serena, las noticias sobre celebrities que han contraído el virus… En resumen, aportar reflexión, análisis y sosiego en medio de la vorágine informativa. Tirar de freno de mano en esta ‘era de la aceleración’.

Pongamos otro ejemplo reciente. He escuchado en varios medios de comunicación que “sorprende” que Lewis Hamilton haya sido positivo en COVID_19 porque “se cuida mucho” y “no es ningún irresponsable”. Me parece un mensaje mediático peligroso: estigmatiza a los enfermos de COVID. ¿Acaso no hay pacientes perfectamente responsables? ¿Vamos a asociar a los enfermos de la pandemia, de esta terrible segunda ola, con descerebrados que llevan la mascarilla en la barbilla y se van a fiestas multitudinarias saltándose el toque de queda?

Ahora, a las puertas de la #COVIDNavidad, los medios deben tener especial sensibilidad a la hora de cubrir la información sobre la vacuna de la COVID_19 y la campaña de inmunización masiva. El sensacionalismo y la tiranía del clickbait (publicar un titular sorprendente, pero ‘vacío’ de información, una vez que accedes al cuerpo de la noticia) para ganar lectores anima a muchos diarios digitales a sobredimensionar, por ejemplo, los efectos secundarios de la inyección. Un ángulo negativo aporta más ‘carnaza’, más visitas al portal de noticias. El foco mediático está ahora en el proceso de vacunación de seis países (Reino Unido, Bahréin, Arabia Saudí, Estados Unidos, México y Canadá) que se han convertido en ‘conejillos de indias’ en un mundo expectante por conseguir una cura para esta peste.

Es cierto que, como cualquier vacuna, la del COVID tendrá sus efectos secundarios, pero hay que sopesar los titulares que enviamos a nuestros compañeros de pandemia. ¿Queremos que la mayoría de los ciudadanos de nuestro país se vacunen? ¿Respetamos la libertad de decisión de todo el mundo, pero sin criminalizar a los que opinan diferente (los que rechazan el pinchazo en el brazo)?

Los profesionales del periodismo y de la comunicación corporativa e institucional debemos pensar, más que nunca, en el fondo y la forma de nuestros mensajes en este complejo y cambiante ‘mundo COVID’. Ética y estética.

Imagen: Engin akyurt / Unsplash



 

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David Vega

David Vega

Consultor senior / Agencia comma

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