¿Es la IA tan inteligente como dicen? La filosofía tiene algo que decir

Pablo Gasull

El mundo se ha rendido a los prodigios de ChatGPT. Ha desdibujado la línea entre ficción y realidad y algunos creen que ya nada será como antes. Decíamos que las máquinas nunca llegarían a ser creativas, pero si le planteas a ChatGPT que escriba un resumen de El Quijote de la Mancha en versión Bad Bunny, lo hace. Creíamos que no tendrían capacidad estratégica, pero si le pides que desarrolle un plan de negocio, lo hace. También pensábamos que el análisis humano iba a ser indispensable, por ejemplo, en el sector financiero, pero si le propones crear una cartera de valores rentable, lo hace. Y no sólo eso, según fincer.com, parece que la selección de ChatGPT es más rentable que los principales fondos de inversión de Reino Unido.

ChatGPT ha derrumbado los horizontes humanos y la expectación que ha generado se ha hecho notar en bolsa pero también en nuestras conversaciones cotidianas. A pesar de que no se trata de una IA, ya que en otras áreas sigue fallando descaradamente –por ejemplo, en cálculo básico–, esta plataforma supone un punto de inflexión en el siglo XXI y es posible que estemos presenciando una de las innovaciones más importantes de la historia.

En el ámbito de la comunicación, los profesionales estamos –reconozcámoslo– un poco alarmados. ChatGPT sabe escribir discursos formales, dispone de mucha más información para elaborar artículos de opinión –del tema que sea– e identifica los mensajes clave de una compañía en un abrir y cerrar de ojos. El mensaje del sector ha sido unánime: “Calma, ChatGPT se convertirá en una herramienta indispensable para los consultores, pero nunca un sustituto”. Ya, bueno, pero quizás se necesiten menos consultores para llevar a cabo una misma tarea, y, en los próximos años, es posible que aparezca una plataforma mucho más sofisticada que ChatGPT. Puede, y es una suposición, que este discurso complaciente y políticamente correcto entrañe una realidad bien distinta: que la IA, aún en desarrollo, esté calentando en el banquillo dispuesta a salir al campo para derrotar y golear a los consultores de comunicación.

Algunas tecnologías basadas en deep learning nos han superado con creces: en matemáticas y estadística, en medicina –hay operaciones que sólo pueden llevarlas a cabo un robot por la precisión que requieren–; en desarrollo y fabricación de productos –no se puede producir un IPhone de forma artesanal–, o incluso en la seguridad en el sector de la automoción. Algunos expertos en IA creen que es cuestión de tiempo y que la tendencia natural es que nos superará poco a poco en todos los ámbitos de la inteligencia humana. Sin embargo, a pesar de que nos barrerá en determinadas áreas y mejorará la vida humana en muchos aspectos, sospecho que algunas realidades humanas serán infranqueables. Reconozco que mis conocimientos sobre la IA son aún limitados, pero creo que la filosofía tiene mucho que decir al respecto. Más que aseverar, me gustaría poner sobre la mesa varias preguntas sobre las diferencias que veo entre la IA y la inteligencia humana. Entre ellas, quiero destacar las siguientes: subjetividad, sensibilidad, racionalidad y temporalidad.

La IA nos está ganando, pero ¿experimenta la victoria?

Vamos con la primera. El 11 de mayo de 1997, el ordenador Deep Blue venció al campeón mundial de ajedrez Garri Kaspárov; un acontecimiento que para algunos marcó un antes y un después y evidenció un cambio de época. Sin embargo, hemos de preguntarnos si Deep Blue ganó realmente la partida, porque, aunque técnicamente lo hizo, no tuvo la experiencia de haber ganado, no experimentó esa sensación de orgullo y satisfacción que entraña la victoria. Lo que Deep Blue no tenía era subjetividad, mundo interior y vivencias personales. Creo que esta será una diferencia insalvable que, además, apreciamos muy claramente en la lectura. La IA sabrá procesar textos y ‘leerá’ muchísimo más rápido que nosotros. Podrá, por ejemplo, acumular todos los libros de filosofía del mundo, algo impensable para el ser humano, teniendo en cuenta sus limitaciones y la limitación de tiempo. Pero la cuestión realmente importante es: qué entiende la IA por leer. ¿Responde a una subjetividad? ¿Es lo mismo procesar textos que leer? ¿Es lo mismo leer que disfrutar leyendo? Porque leer y comprender no se trata, como solemos pensar actualmente, en acumular conocimientos, sino en asimilar y aprehender, es decir, en hacerlo propio. No es lo mismo leer un resumen de Don Quijote de la Mancha que leer el libro entero, porque yo puedo saber quiénes son los personajes o de qué trata la historia, pero hasta que yo no lo leo no soy capaz de correr las aventuras del señor hidalgo, de soñar lo que él soñó y de luchar, como él hizo, contra las injusticias del mundo. Hasta que yo no lo leo y lo vivo, no seré capaz de comprender lo que esconde uno de los clásicos más importantes de la literatura universal. Esta experiencia no es una metáfora, sino una realidad muy humana. Cuando entendemos los dilemas de un personaje, también nos entendemos mejor a nosotros mismos y somos capaces de ver similitudes entre sus problemas y los míos. ¿Podrá experimentar esto la IA?

Hace unos años estuve en un coloquio sobre la lectura. Un universitario preguntó por qué algunos profesores se empeñan en leer y leer libros si todo está ya en internet. ¡Cómo si la sabiduría humana fuera un buscar y chequear información, una gestión y procesamiento de datos! La sabiduría, más que acumulación, es asimilación. La IA podría hacer muchas cosas, pero no vive y, concretamente, no vive de forma orgánica.

¿Puede ser sensible una IA?

En segundo lugar, la sensibilidad por el mundo. La palabra inteligencia proviene del verbo latino intellegere, que significa leer o saber mirar entre líneas. Una persona es inteligente cuando tiene sensibilidad, va al fondo de un asunto y lo saca con claridad a la superficie. Para cultivar la inteligencia hay que salir de las pantallas y volver a descubrir la realidad. Dicen que las nuevas Apple Vision Pro revolucionarán la forma en la que miramos el mundo, pero no se trata de mirar más cerca ni de mirar más lejos, sino de saber mirar y saber qué debe mirarse. Como decía el filósofo francés Merleau-Ponty, “es cierto que el mundo es lo que vemos y, sin embargo, tenemos que aprender a verlo”. Este es el gran reto de la filosofía, explicar y mostrar lo evidente, exprimir el fondo de la cotidianeidad. La IA tendrá un ojo más preciso y milimétrico del mundo, pero lo verá como un lugar sin obstáculos y errores y sujeto a cálculo, es decir, como un lugar que siempre responde sin imprevistos. Su mundo es digital, no orgánico. El ser humano es una incógnita –nadie sabe por qué estamos aquí y por qué somos capaces de preguntarnos sobre el sentido de nuestra vida–. ¿Podrá la IA sentir esta incertidumbre, esta pequeñez que experimentamos ante el misterio que somos?

La sensibilidad por el mundo también se aprecia en la comunicación. Cuando descuidamos la lengua, cuando no nos tomamos en serio palabras como ‘democracia’, ‘justicia’ o ‘respeto’ y las utilizamos a la ligera, empobrecemos la cultura dando lugar a una sociedad menos libre y comprensiva. La filosofía, especialmente a lo largo del siglo XX, reflexionó sobre cómo el lenguaje influye en la realidad. Un lenguaje agresivo y violento es muestra de una sociedad agresiva y violenta; un lenguaje simplista o populista refleja una sociedad menos democrática. Por eso, sin el cuidado de la palabra no hay humanidad, y las grandes civilizaciones fueron conscientes de la necesidad de cultivar las letras. George Orwell, en su famosa obra 1984, ya intuyó que el totalitarismo comienza por un control de la lengua y una falsificación del pasado. En definitiva, la lengua tiene una dimensión ética fundamental por la que custodiamos y conservamos nuestra sociedad. Por eso, le pregunto a la IA del futuro: ¿será consciente de lo que es la ética, de lo que significa cuidar y amparar a los demás? ¿Si entiende la lengua como procesamiento, será consciente de que la democracia es un concepto que requiere compromiso y virtudes?

¿Puede la IA tener deseos?

En tercer lugar, la racionalidad. Actualmente, la racionalidad se ha reducido a racionalidad lógica. Por influencia de la filosofía moderna, vemos la razón como una facultad fría y calculadora que no tiene nada que ver con los sentimientos y las emociones. Sin embargo, Aristóteles ya intuyó que todos los seres humanos deseamos conocer, por lo que deseo e inteligencia son inseparables: “toda elección es o inteligencia deseosa o deseo inteligente, y esta clase de principio es el hombre”. Otras preguntas que me surgen sobre la IA: ¿tendrá deseos o voluntad propia? ¿Tendrá curiosidad por saber? También decía Aristóteles que la filosofía comienza gracias a nuestra capacidad de asombrarnos por el mundo. ¿Se asombrará del mundo la IA? ¿Se asombrará, como lo hacemos nosotros, de sí misma?

En relación con el deseo, hay dos principios humanos fundamentales que los filósofos griegos reflexionaron durante siglos: por un lado, todo ser humano quiere ser feliz; por otro, todo ser humano anhela un mundo sin injusticias, violencia y dolor. ¿También la IA tendrá estos anhelos? En este sentido, la estructura del deseo humano es muy particular: aquello que deseamos no se corresponde muchas veces con la realidad y muchos de los deseos que tenemos requieren tiempo, compromiso y confianza. Por ejemplo, a mí me gustaría comprarme una casa en la montaña, pero para ello tendré que trabajar y ahorrar durante años y ser fiel a mi deseo. La gran mayoría de los deseos son esperados. Esta obviedad, que para nosotros es natural, se convierte en un problema para la inteligencia artificial. Antes de explicar por qué, hay que tener en cuenta que la tecnología no es neutra. Hemos aceptado socialmente que la tecnología no es buena o mala, sino neutra, y que todo depende de cómo la utilicemos. Sin embargo, creo que esta visión es una falacia, porque la tecnología instaura una forma muy concreta de expresarnos y relacionarnos con el mundo, una semántica que incluye conceptos asociados entre sí: eficiencia, velocidad, exactitud, predicción. Cuando decimos que internet nos va lento decimos que no funciona, precisamente porque asociamos tecnología a instantaneidad y velocidad. Volviendo a la cuestión de la espera, el filósofo Gregorio Luri se pregunta al final de un epílogo escrito para el libro “El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera”, de Andrea Köhler, cómo pensará la espera la IA en el futuro. ¿Sabrá ser paciente la IA? ¿Tendrá frustraciones entre sus deseos y su realidad?

¿Podrá la IA envejecer?

El valor de la espera nos indica un rasgo básico del ser humano: la conciencia de la temporalidad. ¿Cómo percibirá la IA el tiempo? Como se pregunta Luri, “¿podrá ser verdaderamente inteligente si no se siente tocada por la muerte? ¿Y si se siente tocada por la muerte, dónde encontrará consuelo?”. ¿Sabrá la IA lo que es la vejez, el paso del tiempo? En definitiva, la conciencia de la muerte refleja nuestra vulnerabilidad y finitud. ¿Será la IA vulnerable?

La conciencia de la temporalidad nos indica además que somos seres narrativos. Cuando nacemos, por ejemplo, irrumpimos la vida de nuestros padres. Somos seres genealógicos, con una historia que nos determina. ¿Será la IA consciente de la narratividad? Y si no lo es, ¿realmente sabrá comunicarse?

En conclusión, tengo muchas más preguntas que respuestas; la cuestión de la IA es compleja. Quizás en el mundo de la comunicación, los profesionales tendremos que ser capaces de identificar aquellas realidades propiamente humanas, si las hay, para diferenciarnos de la IA y desarrollar una comunicación mucho más humana. Lo que está claro es que nadie sabe qué nos deparará el futuro, y esta es otra buena pregunta: ¿qué pensará la IA sobre el futuro, sobre su futuro?

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