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Liderar para comunicar y comunicar para educar: auténticos desafíos

Imagen de Agencia comma

Vivimos en la era de la información y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil comunicar. La hiperconectividad, la inteligencia artificial, la sobreabundancia de estímulos digitales y la transformación permanente de los entornos mediáticos nos obligan a replantearnos qué significa hoy liderar y educar en Comunicación. ¿Estamos formando profesionales capaces de informar o también ciudadanos capaces de comprender? ¿Saben nuestros estudiantes utilizar las herramientas tecnológicas más innovadoras, pero también desarrollar la empatía, el pensamiento crítico y la responsabilidad social que exige la profesión? Quizá ha llegado el momento de plantearnos si estamos enseñando a comunicar o simplemente a producir contenidos.

Como profesora de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, tengo el privilegio de compartir cada día las inquietudes, las aspiraciones y también las incertidumbres de las nuevas generaciones. Las aulas universitarias constituyen pequeños laboratorios sociales en los que es posible observar cómo evolucionan las formas de aprender, de relacionarse y de comprender el mundo. Nuestros estudiantes viven conectados a múltiples pantallas, manejan con extraordinaria facilidad las tecnologías emergentes y poseen una enorme capacidad de adaptación. Sin embargo, también se enfrentan a importantes desafíos: la velocidad con la que circula la información, la presión de la inmediatez, la polarización de los discursos públicos o la dificultad para distinguir entre conocimiento, opinión y desinformación.

Ante esta realidad, la educación en Comunicación no puede limitarse a la adquisición de competencias técnicas. Formar profesionales capaces de liderar los cambios sociales implica necesariamente formar personas comprometidas con los valores que sustentan una comunicación responsable, ética y humanizada. La universidad no solo transmite conocimientos; también contribuye a construir miradas críticas sobre la realidad.

En demasiadas ocasiones asociamos el liderazgo con la capacidad de dirigir equipos o gestionar organizaciones. Sin embargo, el liderazgo en Comunicación posee una dimensión mucho más amplia y profunda. Un buen comunicador no solo es capaz de transmitir mensajes eficaces, sino también de inspirar, escuchar, generar confianza y contribuir al bienestar colectivo. Liderar significa, en gran medida, asumir la responsabilidad que conlleva influir en la manera en que las personas interpretan el mundo.

Quizá una de las preguntas más necesarias en nuestros días sea la siguiente: ¿qué tipo de líderes necesita la Comunicación del futuro?

Durante décadas hemos premiado la capacidad de hablar bien, de persuadir o de captar la atención de las audiencias. Hoy sabemos que esas competencias continúan siendo imprescindibles, pero ya no son suficientes. El liderazgo contemporáneo exige incorporar nuevas habilidades relacionadas con la inteligencia emocional, la alfabetización mediática, la creatividad, la adaptabilidad y la capacidad para gestionar la complejidad. En otras palabras, necesitamos líderes capaces de comunicar con rigor científico, sensibilidad humana y compromiso social.

La llegada de la inteligencia artificial constituye un magnífico ejemplo de esta transformación. Nuestros estudiantes aprenden a utilizar herramientas que hace apenas unos años parecían ciencia ficción. La inteligencia artificial está revolucionando las industrias creativas, el periodismo, la publicidad y las relaciones públicas. Puede ayudarnos a producir contenidos, analizar grandes volúmenes de información y optimizar procesos comunicativos. Pero también nos obliga a formular nuevas preguntas éticas y educativas.

¿Estamos enseñando a nuestros estudiantes cuándo utilizar la inteligencia artificial y cuándo es preferible recurrir al juicio humano? ¿Estamos formando profesionales capaces de detectar los sesgos presentes en los algoritmos? ¿Podrán nuestros futuros comunicadores defender la creatividad y la autenticidad en un contexto cada vez más automatizado?

La respuesta a estas preguntas determinará, en buena medida, el futuro de nuestras profesiones.

La educación en Comunicación debe convertirse, más que nunca, en una educación para el pensamiento crítico. Resulta paradójico que dispongamos de cantidades prácticamente infinitas de información y que, al mismo tiempo, aumenten fenómenos como la desinformación o la fatiga informativa. Quizá el gran reto de nuestro tiempo no consista en acceder a la información, sino en aprender a interpretarla adecuadamente. Por ello, las universidades deben asumir un papel protagonista en la formación de ciudadanos capaces de comprender los complejos ecosistemas comunicativos contemporáneos. Enseñar Comunicación implica enseñar a preguntar, a contrastar fuentes, a escuchar perspectivas diferentes y a comprender las consecuencias sociales que puede tener cada mensaje que difundimos.

En este contexto, me gustaría plantear una cuestión que genera interesantes debates en el aula: ¿preferimos formar excelentes profesionales o excelentes personas? La respuesta más inmediata suele ser que ambas dimensiones son inseparables. Y, precisamente, ahí reside uno de los grandes desafíos educativos del siglo XXI. No podemos olvidar que detrás de cada estrategia de comunicación existen personas. Detrás de cada campaña publicitaria hay emociones, necesidades y expectativas. Detrás de cada noticia encontramos responsabilidades éticas y sociales. Detrás de cada innovación tecnológica continúan existiendo seres humanos que merecen ser escuchados y comprendidos.

Quizá por ello uno de los conceptos que más relevancia está adquiriendo en los últimos años sea el de liderazgo humanista. Frente a modelos excesivamente centrados en la productividad o el rendimiento inmediato, emerge una concepción del liderazgo basada en la empatía, el cuidado y la capacidad para construir espacios más inclusivos y colaborativos. El liderazgo humanista no entiende la comunicación como un instrumento de poder, sino como una herramienta para generar confianza, aprendizaje y transformación social. Pero, ojo!!! La productividad es y seguirá siendo imprescindible con dos características fundamentales: eficacia y eficiencia.

¿Estamos enseñando a nuestros estudiantes a liderar desde la empatía? ¿Les mostramos que la escucha activa puede resultar tan importante como la capacidad de argumentar? ¿Somos capaces de transmitirles que el éxito profesional no debería construirse al margen del bienestar colectivo?

Estas preguntas adquieren especial relevancia en un momento histórico caracterizado por profundas transformaciones culturales y tecnológicas. Las nuevas generaciones demandan formas diferentes de aprender y de participar. Ya no son receptores pasivos del conocimiento, sino agentes activos que desean comprender el propósito y el impacto social de aquello que estudian.

Por ello, considero que la educación en Comunicación debe incorporar tres grandes pilares. El primero es el pensamiento crítico, entendido como la capacidad para analizar la realidad desde perspectivas plurales y fundamentadas. El segundo es la inteligencia emocional, indispensable para comprender cómo las emociones influyen en los procesos comunicativos y en la toma de decisiones. El tercero es la responsabilidad social, que nos recuerda que comunicar implica siempre asumir las consecuencias derivadas de nuestras palabras y nuestras acciones.

Comunicar es mucho más que transmitir información. Es construir puentes entre personas, facilitar el aprendizaje y promover sociedades más conscientes, inclusivas y democráticas. Del mismo modo, liderar en Comunicación no consiste únicamente en ocupar posiciones de responsabilidad, sino en ser capaces de generar impactos positivos en nuestro entorno profesional y social.

Me gustaría concluir con una reflexión dirigida especialmente a nuestros estudiantes, pero también a quienes tenemos el privilegio de acompañarlos en su formación. Tal vez la gran pregunta no sea qué profesiones existirán dentro de veinte años, sino qué valores continuarán siendo imprescindibles cuando lleguen esos cambios.

La tecnología seguirá evolucionando y las herramientas continuarán transformándose. Sin embargo, la curiosidad intelectual, la capacidad de escuchar, el pensamiento crítico, la creatividad y el compromiso ético seguirán constituyendo las bases de una buena comunicación. Quizá el verdadero liderazgo del futuro no consista en hablar más alto que los demás, sino en ser capaces de comunicar mejor, comprender más profundamente y educar con la convicción de que las palabras tienen el poder de transformar la realidad.

Y entonces surge la pregunta con la que me gustaría abrir el debate: si la inteligencia artificial puede aprender a escribir, diseñar o informar, ¿qué competencias exclusivamente humanas deberíamos enseñar hoy en nuestras aulas para formar a los líderes de la Comunicación del mañana?

La vida es bella.

*Artículo escrito por Almudena Barrientos-Báez, profesora de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y Académica de la Televisión.

 

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