Los cisnes de plumaje negro no son una rareza, están presentes en muchos de los grandes parques públicos de diversas ciudades. Sin embargo, en Occidente nadie los conocía ni se imaginaba su existencia hasta que los primeros colonos llegaron a Australia en el siglo XVII. Hubo que esperar varios siglos para que alguien tuviera la idea de emplear esta hermosa ave como metáfora de los acontecimientos inesperados que impactan como un misil en el curso de la economía mundial y hacen saltar por los aires todos los cuadros de previsiones. Fue el libanés afincado en EE UU Nassim Taleb, un auténtico hombre renacentista (matemático, ensayista, filósofo, economista…), el que introdujo al cisne negro como nueva expresión icónica en la jerga de los mercados, gracias al que es uno de los grandes best-sellers económicos de los últimos tiempos: The Black Swan: The Impact of Highly Improbable, editado por Random House en 2007. Los cisnes negros son aquellos acontecimientos altamente improbables, con profundas consecuencias en los que luego, a toro pasado, quedan expuestas las grandes señales luminosas de advertencia que hacían predecible el evento, si les hubiéramos prestado la atención que se merecían; ese error tan típicamente humano.

Desde que Taleb lanzó su éxito mundial de ventas, se han avistado numerosos cisnes negros, pero ninguno con un batir de alas tan potente y devastador como el Covid-19, que cumple con todos los requisitos de los black swan: en el último trimestre del año pasado, cuando probablemente el virus ya estaba en circulación, nadie podía imaginarse ni remotamente que en 2020 pudiera suceder algo semejante y, en términos económicos, las principales casas de análisis hablaban de que el ejercicio que se aproximaba sería “decente, aunque no espectacular”. En cuanto a la magnitud de la catástrofe, ha sido a una escala como nunca antes se había visto en nuestras vidas; estamos simplemente ante un nuevo mundo. Y, por supuesto que era previsible: a lo largo de los últimos años hemos vivido varias oleadas epidémicas, aunque ninguna llegó tan lejos y, hasta el magnífico Bill Gates ha recuperado parte de su celebridad gracias a la premonitoria charla que impartió en las famosas conferencias TED Talks en 2015 y en la que no solo avisaba de que el mundo no estaba preparado para la siguiente pandemia, que a buen seguro llegaría, sino que también aportaba unos útiles consejos; él mismo reconocía a comienzos del pasado marzo que nadie le había escuchado y recomendaba la necesidad de hacer test masivos para afrontar este nuevo mundo coronavirus.

Gates dio estos nuevos consejos en una charla con el representante global de TED Talks, Chris Anderson, conectados cada uno desde sus respectivos domicilios por video-conferencia en lo que también es parte de esa nueva normalidad en las relaciones profesionales. El presidente del Gobierno da las conferencias semanales de prensa desde un atril solitario en el Palacio de la Moncloa, pero los periodistas que intervienen en el turno de preguntas lo hacen desde la intimidad de sus casas. En estos tiempos de distanciamiento social estamos asistiendo paradójicamente a un acercamiento como jamás se habría producido en tiempos normales entre empresas, periodistas y comunicadores.

Desde la agencia comma hemos podido asistir a entrevistas en las que el máximo responsable de una firma internacional admitía haber hecho del cuarto de su hijo su nuevo despacho; un periodista hablando desde la cocina ; una niña que le hace una trenza a una directora de marketing mientras ésta explica la estrategia que quiere seguir en los próximos meses; un niño que irrumpe en medio de la entrevista, le falta un libro, y termina sentándose en las rodillas de su padre, que sigue haciendo preguntas como puede; un CIO muy relajado en el salón de su casa y con una camisa vaquera, muy alejada del habitual traje/corbata con el que siempre le habíamos visto, personas que desfilan al fondo de la pantalla… Los encuentros no solo tienen interés informativo, sino también humano, se da cuenta de historias personales, algunas de ellas dramáticas, en un ambiente que nunca se habría dado en el formato de entrevista o rueda de prensa habituales.

Y, más allá de las anécdotas amables, también nos encontramos relatos terribles de cargas de trabajo sencillamente inasumibles, para aquellos que pueden considerarse privilegiados, soledad extrema, graves trastornos, pérdida de ingresos, empleo, enfermedad y muerte. Muchas personas lo han pasado muy mal, están sufriendo actualmente y padecerán las consecuencias más graves de esta crisis en el futuro venidero. El Covid-19 está diluyendo las barreras entre la vida personal y profesional y los consultores de comunicación tenemos la obligación de adaptarnos a este nuevo mundo, no solo mucho más telemático y digital que el anterior, sino también en el que las historias personales irrumpen con fuerza en el territorio profesional.

Solo el tiempo dirá cuántas de las transformaciones introducidas por el coronavirus serán temporales y cuáles permanentes. Pero la comunicación y las relaciones públicas serán irreversiblemente diferentes a como las planteábamos hace unos meses. En algunos casos, la epidemia mundial ha multiplicado de manera exponencial la velocidad de procesos que ya habían comenzado, como el tránsito del dircom al brand manager como nuevo interlocutor clave para las agencias de comunicación, ya que el acompañamiento y la defensa estratégica de la marca se revelan como esenciales, o la reivindicación universal del teletrabajo. Las ruedas de prensa y entrevistas virtuales pasan a ser parte cotidiana de la nueva normalidad informativa en este nuevo mundo que se abre.

Un futuro que es desafiante para la comunicación. Muchas de las empresas a las que asesoramos los profesionales de la comunicación no tienen claro que su actividad pueda seguir siendo viable en un nuevo entorno marcado por el distanciamiento social y hábitos de vida que convierten determinados servicios en redundantes, al menos, durante un plazo de tiempo previsible. Al mismo tiempo, los medios vuelven a sufrir una crisis que les deja diezmados, con plantillas resquebrajadas, sobrecargadas de trabajo y modelos de negocio que han sufrido un duro impacto en su línea de flotación. Estas son las nuevas y difíciles circunstancias en las que la comunicación deberá navegar en pos de la luz al final del coronavirus.

Imagen destacada: Patrick Hendry on Unsplash



 

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Fernando Martínez Badás

Fernando Martínez Badás

Consultor senior

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