Nadie puede negar que nuestra sociedad de consumo se encuentra en plena era de efervescencia tecnológica, en un momento donde los avances se suceden a un ritmo vertiginoso y en el que, antes de que podamos procesar el lanzamiento de un nuevo producto en toda su extensión, ya tenemos a nuestra disposición la versión 2.0.

Hablamos de una revolución que no solo está afectado a la economía, sino también  a nuestra forma de vivir, consumir e interactuar con nuestro entorno. Como consumidores no solo abrazamos sino que incluso demandamos innovaciones tecnológicas en aras de simplificar nuestra vida cotidiana; pero, ¿cómo están afrontando las marcas esta situación?

Esta misma pregunta orientó el debate abordado en la V Jornada de Periodismo Económico organizada por la Escuela de periodismo y comunicación de Unidad Editorial el pasado mes, en la que profesionales de marcas como Mahou San Miguel, Renault, Philip Morris o El Pozo, hicieron patente la necesidad de las compañías de “subirse al barco” de los cambios.

Si bien determinadas marcas cuentan en su cartera con productos susceptibles de pasar por procesos de transformación -ya sea porque su composición o presentación permitan modificaciones- algunos de ellos llevan consumiéndose de la misma forma desde su origen, lo que requiere centrar el foco en elementos tecnológicos que, a modo de accesorios, incorporen el componente de innovación en la forma de consumo y no en el consumible en sí mismo.

Si nos centramos en el sector de la automoción, hablamos de innovaciones que favorecen una conducción cada vez más segura; o si hablamos de la industria de la alimentación, se centran en nuevos procesos de fabricación que aportan al producto final, por ejemplo, diferentes matices de sabor.  Sin embargo, hay otros productos, como por ejemplo el tabaco, que no admiten innovación en el producto en sí mismo, pero si en la forma en la que se consume con, por ejemplo, desarrollo de dispositivos tecnológicos que permitan su consumo de una forma innovadora que cubra las demandas del público relativas a un ambiente libre de humo o un consumo menos dañino para la salud.

Hablamos por lo tanto de adelantos tecnológicos que, bien afecten a productos concretos o a su modalidad de consumo, no nos son ajenos pero, ¿qué ocurre cuando hablamos de la innovación de valor?

Muchas marcas dan un paso más, no limitándose a desarrollar innovaciones visibles a ojos del consumidor, sino que incorporan esos avances en su cadena de valor, de manera que sea la marca como concepto global la principal beneficiaria del proceso de innovación.

En este sentido, muchas de ellas ponen el foco en la educación, de manera que la formación desde las aulas desarrolle perfiles profesionales con mayor preparación, con capacidad y visión para liderar los cambios y atender, e incluso anticipar, las demandas sociales. Un tipo de innovación que requiere de una transformación social más profunda y prolongada en el tiempo, y cuyos resultados únicamente serán perceptibles por el consumidor a más largo plazo.

Imagen: Philipp Katzenberger / Unsplash

 




 

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Raquel Pernia

Raquel Pernia

Talento en formación / Agencia comma

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