El relato mediático y la conversación social sobre blockchain y activos digitales han evolucionado de forma sustancial en el transcurso de un período de tiempo relativamente corto. Lo que durante años fue una narrativa a medio camino entre el hype, la suspicacia y la simplificación mediática, lleva un tiempo contándose con mayor precisión, contexto y rigor informativo.
Las historias se han sofisticado. Y con ellas, también el lugar que ocupa el sector en las redacciones. Cada vez es más habitual encontrar explicaciones sobre modelos de negocio, arquitectura tecnológica, marcos regulatorios o riesgos asociados. Los proyectos empiezan a contarse con un mayor nivel de profundidad, lo que se traduce en más y mejores interacciones entre fundadores, técnicos y periodistas, estableciendo un canal de conversación fluido y constante.
Lo anterior ha derivado en un cambio de posición de las historias sobre la tecnología blockchain y de activos digitales en los medios, que han ido abandonando progresivamente una cobertura marginal centrada en titulares de impacto y en el ruido del precio, cuando no directamente en su asociación con la ilegalidad o el fraude. En su lugar, se ha abierto paso una forma distinta de contar el sector: más analítica, más exigente, más conectada con la realidad de lo que se está construyendo. Lo cripto ha dejado de ser un tema periférico o encajonado en secciones ambiguas para entrar, con naturalidad creciente, en páginas de economía, finanzas o tecnología. Incluso, en determinados momentos, logra abrir portadas cuando el impacto es sistémico o institucional.
Ese desplazamiento no es menor y dice mucho del momento en el que está el sector. Pero no siempre fue así y conviene no olvidar de dónde venimos.
La transformación de las narrativas sectoriales
Durante años, la conversación estuvo marcada por una combinación poco saludable de promesas sobredimensionadas y narrativa especulativa por parte del propio ecosistema, junto con un cuestionamiento constante, y en ocasiones interesado, desde ciertos ámbitos tradicionales. A eso se sumaba un problema adicional: la dificultad real de explicar una tecnología compleja en términos comprensibles.
El resultado fue un relato fragmentado, polarizado y, en muchos casos, superficial. Lo vimos con claridad en el análisis que realizamos en comma en 2023 sobre la cobertura mediática del sector. La conversación se organizaba en bloques prácticamente estancos. Por un lado, un eje más técnico, sofisticado y constructivo, pero limitado a medios nicho y audiencias especializadas. Por otro, un eje dominado por el precio, el trading y la especulación, que concentraba gran parte de la atención.
En paralelo, en medios generalistas y también en algunos económicos, una parte relevante de las piezas asociaba cripto con fraude, estafa o crisis de confianza. La vertiente tecnológica, mientras tanto, quedaba relegada a espacios mucho más especializados.
Entre esos mundos apenas había conexión. Y cuando no hay puentes, el relato se simplifica. O peor: se lo queda otro.
Ese contexto explica por qué, durante tanto tiempo, el sector tuvo dificultades para construir una narrativa propia, sólida y comprensible. Faltaban traductores capaces de moverse entre la complejidad técnica y el lenguaje público. Y, sin ese ejercicio de mediación, lo que predominaba no era el diálogo, sino el ruido.
En apenas tres años, sin embargo, el cambio ha sido notable. Y, en gran medida, tiene que ver con una maduración simultánea del sector y de quienes lo cuentan.
Hay un mérito evidente de las redacciones y de los periodistas que han decidido tratar este ámbito como lo que es: una intersección entre economía, regulación y tecnología. Eso ha tenido un efecto directo en la calidad del debate. Y cuando cambia la forma en la que un tema entra en la agenda mediática, cambian también las preguntas.
Ya no basta con saber si un activo sube o baja. Ahora se discute qué parte de este ecosistema es infraestructura y cuál es producto financiero; qué puede integrarse en el circuito regulado y qué no; qué riesgos son técnicos, cuáles son de mercado y cuáles responden a problemas de gobernanza.
Esta transformación de las interacciones y este grado mayor de interés y conocimiento por parte de los medios es, sin ninguna duda, un síntoma claro de madurez.
Las narrativas que están ordenando el sector
Si uno observa hoy la conversación en foros, medios y entornos profesionales, se perciben con bastante claridad varias líneas narrativas que están reconfigurando el relato:
- La primera es la institucionalización. La entrada de actores tradicionales, ya sea banca, gestoras o custodios no sólo aporta volumen, sino también estándares, procesos y una forma distinta de explicar lo que ocurre.
- La segunda es la regulación y el cumplimiento. El sector ya no puede comunicarse al margen del marco normativo. Y eso, lejos de ser una limitación, introduce orden, exigencia y un lenguaje más preciso.
- Sigue de cerca la tokenización y las finanzas de mercado. Aquí el foco se desplaza hacia activos del mundo real, infraestructuras de emisión y eficiencia operativa. Menos promesa abstracta, más aplicación concreta.
- A esto se suma una cuarta narrativa centrada en la ciberseguridad y la resiliencia, que ya no se limita al titular del ‘hackeo’, sino que incorpora arquitectura de riesgos, auditorías, trazabilidad y responsabilidad.
- La quinta tiene que ver con la identidad, la privacidad y los datos: quién verifica, cómo se protegen los derechos del usuario y cómo se diseñan sistemas compatibles con marcos regulatorios cada vez más exigentes.
- Y, quizá la más relevante a medio plazo, es la narrativa de la utilidad real: casos de uso que se sostienen sin necesidad de apoyarse en el precio, donde el valor está en el proceso, no en el token como promesa.
Todas ellas apuntan en una misma dirección: la voluntad creciente de separar lo que es infraestructura de lo que es producto financiero. Y esa distinción, que durante años fue difusa, es clave para que el sector deje de percibirse como un bloque homogéneo.
El problema no era la tecnología
Si algo hemos aprendido en este viaje es que el principal problema no era técnico. Era narrativo. Durante demasiado tiempo, se confundió comunicación con marketing. Se priorizó la promesa sobre la explicación, la hoja de ruta sobre el riesgo, la visión sobre el contexto. Eso pudo funcionar en fases de euforia, pero fracasó estrepitosamente a la hora de construir reputación.
Porque la comunicación en este sector, y en cualquier otro que aspire a convertirse en infraestructura, es una pieza estructural, ya que sin comprensión por parte de los grandes públicos, no es posible la adopción. Y sin adopción, no hay ecosistema.
La blockchain nace con la idea de reducir intermediarios, pero eso no elimina la necesidad de la confianza, simplemente la desplaza. La confianza ya no reside únicamente en una entidad central, sino en el código, en la gobernanza, en la custodia, en la regulación… y también en cómo se comunica.
Cuando esa transferencia de conocimiento es opaca, ambigua o excesivamente técnica, el resultado es el mismo que en el sistema tradicional: desconfianza.
Profesionalización o ruido: el papel de los intermediarios
En este contexto, emerge otra tensión relevante: la que existe entre medios y creadores de contenido. No es un debate nuevo, pero en el ámbito financiero adquiere una dimensión distinta, porque aquí la información adopta la dimensión de una materia prima que influye directamente en decisiones patrimoniales.
Un medio especializado serio opera con reglas: contraste de fuentes, contextualización, responsabilidad editorial. Un canal que amplifica tendencias, en cambio, responde a otros incentivos: clics, viralidad, afinidad con una comunidad. Y omitir el riesgo, en finanzas, es una forma de desinformación.
Existe, además, una paradoja difícil de ignorar: muchos de los perfiles más vulnerables al FOMO (del inglés Fear of Mission Out), con escasas herramientas para comprender la complejidad de los mercados financieros, tienden a desconfiar de los medios tradicionales y a delegar su criterio en voces sin responsabilidad editorial. Por eso, el debate no debería plantearse en términos de medios frente a nuevos canales. La cuestión de fondo es otra: profesionalización frente a amplificación sin filtros. Si el sector aspira a madurar, necesitará más de lo primero.
La asignatura pendiente: pedagogía
Pese a los avances, hay un déficit que sigue siendo estructural: la falta de pedagogía. Se ha mejorado en la calidad del debate, sí. Pero todavía existe una distancia significativa entre lo que se construye y lo que se entiende.
Y aquí conviene insistir en una idea que, aunque pueda parecer obvia, sigue sin resolverse: no se puede aspirar a adopción masiva con un lenguaje que solo entiende una minoría. La conversación seguirá siendo técnica en origen, pero el relato público debe empezar por otra parte: el ‘para qué’ y el ‘a quién beneficia’. Cuando el usuario entiende el valor en coste, en eficiencia, en acceso, en seguridad, la tecnología deja de ser exótica. Ese equilibrio es el que construye confianza.
Si uno proyecta esta evolución a medio plazo, el cambio de fondo es bastante claro: la blockchain dejará de contarse como un ‘sector’ cuando deje de necesitar explicarse como tal. Cuando pase a integrarse en la lógica de las infraestructuras que se utilizan. Como ocurrió con Internet, como ocurre con cualquier capa que sostiene sistemas más complejos.
Esto exige segmentar mejor, abandonar el cajón de sastre en el que todo se etiqueta como cripto y empezar a distinguir con precisión qué es cada cosa. Exige poner el valor por delante de la mecánica. Y, sobre todo, exige asumir estándares: transparencia, auditorías, controles, rendición de cuentas y un lenguaje comprensible.
Pero ese tránsito no es automático. Es un proceso que obliga al sector a sostener un relato a la altura de lo que aspira a ser. Porque en esa coherencia entre lo que se construye, lo que se explica y cómo se percibe es donde realmente se juega su consolidación. Y es ahí, precisamente, donde el papel de los medios resulta determinante: no solo en cómo se proyecta esa realidad, sino en cómo acaba siendo entendida y asumida por la opinión pública.



