Estamos tan metidos en la tormenta del coronavirus que no vemos más allá, que somos incapaces de imaginar el futuro después de esta crisis. ¿Será igual, volveremos a ser los mismos? Y en nuestro mundo de comunicación corporativa, ¿qué espera la sociedad de las compañías e instituciones en lo que tiene que ver con transparencia, mensajes y acciones? No lo sabemos.

Pero habría que ir planteándose cómo se va a narrar esta crisis. Qué instituciones y qué medios tenemos para hacerlo. Cuáles de nuestros conocimientos y habilidades serán útiles en esa economía futura. Una economía post-propósito. La bola de cristal de las tendencias se nos ha roto y hemos descubierto que lo real estaba ahí fuera y lo ignorábamos en nuestro mundo digital de seguridades virtuales.

Sí me voy a permitir hablar de tres cosas que creemos habremos de perfeccionar de cara al futuro si queremos mejorar nuestras capacidades para afrontar lo que viene. Y que es fruto de la toma de conciencia de una vulnerabilidad que no contemplábamos.

Personas: asertividad para todos

Si ya es bueno ser una persona asertiva y propositiva, capaz de decir no y hacerlo de forma firme y sin ofender o irritarse, el futuro va a obligarnos a entrenar esa capacidad mucho más. Estos días hemos tenido que aprender a gestionar una situación angustiosa para muchos clientes. A veces ha habido que ayudarles a poner orden en problemas que no tenían solución. Somos asesores, consultores, y me atrevería a decir que consejeros y a veces confesores.

Vemos las organizaciones por dentro pero desde fuera, y debemos hacer valer nuestra visión para ayudarles a no equivocarse o hacerlo lo menos posible. Para ello, a veces, hay que decir que no.

Cuando temes perder negocio por una situación como la actual, resulta muy difícil decir no, pero en nuestros códigos de buenas prácticas debería figurar ese rasgo de honradez, que no de rebeldía, de las personas con criterio.

Instituciones y medios: credibilidad o muerte

Igual que los protagonistas de Las bicicletas son para el verano, al principio de esta crisis pensábamos que esto del confinamiento era una exageración, que nunca llegaría. Luego, que sería pocos días. Ahora vemos que se alarga más de lo previsto porque la situación es grave y de graves consecuencias. Y más adelante nos acostumbraremos a que, de vez en cuando, estas medidas se retomen con cada repunte de la infección.

Esa parte de la reacción de incredulidad (negación) al principio es humanísima, está ampliamente descrita por la psicología y la antropología, y no responde a los razonamientos sino a las percepciones y sensaciones.

Lo mejor entonces es tomar medidas drásticas para que se vea que la cosa va en serio, y aún así hay resistencias. Una parte de ellas, sobre todo las iniciales, corresponden a lo que decíamos antes: la disonancia entre que estemos bien y nos digan que nos metamos en casa, que hay un enemigo invisible andando por ahí. Eso normalmente da lugar a memes y bromas, que desaparecen conforme el riesgo percibido es mayor. Pero hay personas que han perdido toda la credibilidad en las instituciones, la ciencia, las autoridades, y sin embargo creen (y comparten) la primera chorrada que ven en sus grupos de whatsapp. Hay más terraplanistas de lo que imaginan.

Y aquí es donde vengo a poner el acento, en la credibilidad. La fe en las instituciones ha sufrido una enorme erosión tras la crisis de 2008. Si, tras la presente situación, su comunicación y su comportamiento no está a la altura de lo que la ciudadanía demanda, serán aún más los incrédulos. Habrá una mayor laxitud en el cumplimiento de las medidas preventivas (confinamiento, distancia social) que se repetirán con cierta frecuencia en el futuro -y lo veremos-, y esa laxitud nos pondrá en riesgo a todos.

Por tanto, creo que el esfuerzo de las instituciones para ser, comportarse y comunicar con transparencia, claridad y habilidad va a determinar que la próxima pandemia no sea más letal que esta.

Esta crisis de fe también afecta a los medios de comunicación, que deberían aplicarse el cuento de la misma forma que las instituciones y gobiernos, o nadie los echará de menos cuando cierren. Como los gobiernos, hoy están también en el filo de la navaja: de aquí pueden salir reforzados o heridos de muerte.

Economía: memoria de la crisis

Un tercer elemento que conecta con lo anterior es la economía. La crisis de 2008 está muy cerca. Jóvenes y mayores tienen memoria muy reciente de privaciones de enorme calado. Aún están frescos los recortes cuyas consecuencias vemos ahora en educación y sanidad. Tras más de diez años de crisis, vivimos en sociedades más desiguales. Este hartazgo sordo llegó a estallar en Francia en forma de chalecos amarillos y en España, apenas asomó, quedó enterrado en la crisis del coronavirus. Pero están ahí.

No sé qué economía tendremos dentro de dentro de un año, dentro de diez años, nadie lo sabe. Quizá sea una economía post-propósito que vaya más allá de él, o una que se repliegue en fórmulas conservadoras, válidas para un mundo que ya no existe. Pero sí creo que las compañías que ahora se vuelcan -algunas sinceramente- en proveer de mascarillas y respiradores a una sanidad desbordada deberán replantearse cómo operan en tiempos de paz.

Se habla de una economía de guerra basada en tener capacidad de generar reservas estratégicas de todo aquello que ahora no teníamos porque lo fabricábamos a bajo precio en países pobres o con costes laborales ínfimos. Quizá es el momento de repensar nuestra relación con el dinero, con la producción y con la humanidad.

Teresa Amor

Teresa Amor

Consultora senior / Social media / Agencia comma

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